Los héroes del COVID-19

Los héroes del COVID-19

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Todos conocemos a alguien que está trabajando en plena pandemia. Son los héroes del COVID-19. Porque su profesión lo requiere, porque no tienen otra opción. Personas que mantienen el ciclo básico de abastecimiento y sanidad, de servicios y seguridad. Personas que dejan a sus familias en casa para ayudar a todas las demás. Que salen a la calle con su escudo personal deseando no llevar consigo un toque del enemigo cuando vuelven después de un agotador día de trabajo.

Están sumidos en una lucha continua de la que poco o nada sabían antes de llegar. Una guerra sin armas, sin fronteras, sin banderas y que, como todas, entra atacando por los flancos más débiles para invadir, pero con la incertidumbre de no saber si podrá vencer. Y sabemos que no podrá hacerlo, porque no se lo vamos a permitir.

Las calles amanecen más silenciosas que de costumbre. Incluso en casa parece que hay más silencio del habitual. El ritmo frenético del día a día parece dormido. El agua de la ducha de un vecino, la puerta del garaje cerrándose al paso de un coche o el zumbido sordo del ascensor nos hablan de aquellos que no pueden quedarse a planificar cómo sortear las horas del día. Pensamos en ellos, en cómo deben sentirse al entrar en un hospital o en un simple centro de salud, al levantar la persiana de su pequeño negocio, al organizarse en la línea de cajas de un supermercado, al ponerse los guantes para limpiar lugares expuestos al paso de cientos de personas, o al montar un control policial.

EL COVID-19 es invisible, tan solo susceptible ante nuestro propio criterio de seguridad y de coherencia. De poco sirven las normas sin respeto. Por eso hay otro gran número de héroes. Son los que se quedan en casa. Los que restringen sus salidas, los que acotan sus distancias de seguridad. Son los que hacen malabares con su nueva condición de ingresos, los que inventan aventuras para sus hijos, los que han cambiado la vida social por los libros en solitario. Y que se han reinventado en la cocina, en su singular mundo de la interpretación, en su rutina deportiva, descubriendo cuánto de bueno hay en la cámara del móvil, esa nueva ventana al exterior que junto con el balcón son nuestras pequeñas dosis de libertad.

Entramos en una fase en que las restricciones se suavizan y el confinamiento parece intuir su final. Ese final tan necesario a todas luces. Pero solo nuestro sentido común, junto con nuestra corta pero intensa experiencia en esta pandemia serán claves para pasar página lo antes posible. Que el COVID-19 sea historia.

Así, conseguiremos que quienes no tienen más remedio que salir tengan la certeza de que ha valido la pena.

Y que quienes se quedan en casa tengan la certeza de que ha valido la pena por los que no tienen más remedio que salir.

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