Cuando calienta el sol

Cuando calienta el sol

Verano. Icónico e idolatrado. La estación de la madurez, del esplendor, de la plenitud. Repleto de colores, de sabores, de sensaciones. Una época del año que invita a la libertad y al disfrute, culminando en esas esperadas vacaciones, momento en que todas estas cosas toman forma tangible.

Probablemente sea el punto y aparte de nuestras frenéticas vidas. Parece que todo se ralentiza, casi tanto como el vaivén de un gigantesco abanico dispuesto a darnos aire nuevo. Y a pesar de que nunca se llega a desconectar del todo, el periodo estival siempre augura el momento perfecto.

Da igual que seamos de playa o de montaña. Que vayamos en grupo, en familia o en solitario, o que salgamos de camping o de crucero, o que veamos salir el sol antes o después de haber dormido. Finalmente, lo que importa es haberlo llevado al extremo de nuestras intenciones.

Tal vez no sea el año indicado para quemar el presupuesto y las aventuras se reduzcan notablemente a aprender a hacer una tortilla de patatas como un queso o a leer esa trilogía que nunca podemos conquistar por falta de tiempo y exceso de sueño. A pesar de ello, no dejará de tener encanto. Es un tiempo precioso para hacer proyectos, para marcarse nuevas metas, para hacer examen de conciencia.

Porque si el verano ha inspirado a pintores, compositores o escritores, puede hacer lo mismo con cualquiera de nosotros. Por mucho que pensemos que no es así. El verano siempre trae un tono distinto de luz que nos hace ver las cosas de un modo más atrevido.

En consecuencia, las vacaciones son ese permiso concedido a placeres poco usuales, que nos permite regodearnos en ese terremoto que trae consigo el verano para darle asueto a nuestra mente y a su viciada predisposición a coger velocidades vertiginosas.

Verano. Hay que dejarse llevar por él. Tiene por costumbre no defraudar a nadie.

Felices vacaciones.

 

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